Estaban los dos sentados en un banco, cada uno en un extremo. Él miraba al cielo, ella al suelo. Estuvieron así, sin cruzar palabra, cerca de 10 minutos. Ninguno sabía qué decir o qué hacer, nunca se habían visto en esa situación antes, y no sabían cómo enfrentarla.
Él sabía que su padre iría a buscarlo con el coche en un rato para marcharse a la playa, de vacaciones. Su problema estaba en que era la primera vez que había durado con una chica tanto que había llegado el verano, y ahora no sabía si debía cortar con ella o bien despedirse hasta septiembre. Que la quería era algo que sabía desde varios meses atrás, pero ese tipo de amor, tan intenso, era tan nuevo para él que no sabía si al estar separados seguiría sintiéndolo o no.
Ella por el contrario tenía muy claros sus sentimientos hacia él. Sabía que el estar tanto tiempo separados sería difícil, después de haber estado cerca de un mes viéndose todas las tardes y algunos días hasta durmiendo juntos, pero lo aguantaría si sabía que él haría lo mismo. Era lo único que le consolaba, el saber que lo tenía a él, aunque sólo fuese por teléfono.
Al final, ella fue la que tomó las riendas. Levantó la cabeza, lo miró fijamente y esperó a que él la mirara. Entonces lo besó, un beso intenso, cargado de emociones, de palabras calladas, de inseguridades y miedos ocultos en las profundidades de sus mentes; cada roce de sus lenguas era como una corriente eléctrica que les recorría todo el cuerpo.
Su beso duró cerca de 5 minutos. Se besaron como si fuese la última vez, como si ese mes separados fuera a convertirse en un siglo. Al separarse, estaban casi sin aliento. Se miraron, los ojos de ambos estaban vidriosos, sus mejillas coloradas; entonces rompieron a reír a carcajada limpia, tanto que no podían parar.
De repente, el sonido de un claxon los devolvió al mundo real. Era el coche del padre de él, aún arrancado en la acera de enfrente. Su padre les miraba, señalándoles el reloj de su muñeca. Llegó el momento que tanto temían. Se levantaron del banco. Delante de él no querían besarse en la boca, así que se limitaron a darse dos besos en las mejillas y un abrazo, un abrazo vacío, banal, sólo para disimular cada uno delante del otro lo que realmente sentían en ese momento...
Se dijeron adiós y se dieron media vuelta. Empezaron a caminar en direcciones opuestas, él en dirección al coche de su padre, ella sin rumbo fijo. Ninguno de los dos miró atrás, se resignaron a aceptar que, al fin y al cabo, sólo era un mes separados, y además tenían sus móviles; pero, aún así, eso no pudo evitar la pequeña lágrima traviesa que caía por la mejilla de cada uno de ellos, por culpa de esa enfermedad llamada amor.
La siempre difícil despedida...
