Únicamente la luz de las farolas me acompaña. A lo lejos escucho el ruido de un motor, veo a los incansables semáforos cambiar de color, pero a casi nadie caminando por la calle (alguna que otra vez pasa alguien que vuelve de fiesta). Es curioso, seamos como seamos, nos conozcamos o no, siempre vamos a tener la certeza de que todos coincidimos en algo: dormimos en algún momento del día.
Y siempre llega esa hora, ese momento de la noche en el que casi todos están en el mundo de los sueños. Y es entonces cuando deja de oirse ese bullicio de la ciudad tan característico y que tanto me gusta. Es entonces cuando yo me siento un privilegiado, e incluso especial. Porque sé que muy poca gente está como yo, despierta, disfrutando de la calma de la madrugada.
