Sí, soy un tonto. Un tonto enamorado. Soñaba con cogerte de la mano e irnos volando juntos a recorrer el mundo. Llegar hasta las nubes, tocarlas con los dedos, ver a la gente desde tan alto que pareciesen hormigas, recorrer el país, el continente, ¡el mundo! ¡El mundo sería el límite!
Con sólo pensarlo habríamos estado en todos esos lugares que siempre habíamos querido visitar: Japón, Estambul, París, Nueva York, Egipto, Argentina... Habríamos proclamado nuestro amor por todos esos lugares, y nada ni nadie hubiera podido pararnos. Ese era nuestro sueño, la promesa que ambos nos hicimos, reunir el dinero suficiente para hacerlo, daba igual el tiempo o el esfuerzo que nos costase, valdría la pena.
Pero la rompiste, ¡rompiste nuestra promesa! Te has ido solo, sin ni siquiera despedirte, y me has dejado aquí, solo y hundido. Ahora serás tú el que esté volando libre por el mundo, llegando donde ningún ser humano lo ha hecho antes; y mientras yo estoy aquí, llorando, con un clavel en la mano, vestido de negro y enfrente de la tumba de aquel al que amé más que a mi propia vida, el único que me daba fuerzas para seguir adelante y al que jamás podré volver a besar.

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